¿Has caído en cuenta de que vives en una civilización preocupantemente influenciada por el consumo? Según el diccionario de la Real Academia Española, una sociedad consumista es aquella que está basada en un sistema tendente a estimular la producción y uso de bienes no estrictamente necesarios. ¿Qué me dices? Por doquier nos vemos atraídos a consumir para estar a la par con quienes nos rodean. Esta superflua tendencia inmoderada a adquirir, gastar o consumir bienes, generalmente va ligada a la publicidad. Ambas, van de la mano, divulgando y arraigando un “estereotipo” que, a mi parecer es irreal, de lo que “debe” ser mujer. Es el medio vicioso de la publicidad misma que, muchas veces seduce, conquista y engaña a la mujer para que se refugie en el consumismo. Claro, el sexo femenino ha vencido un sinfín de obstáculos desde el comienzo de la humanidad hasta ahora, pero aún el consumo no ha podido ser derrotado en su totalidad. Pero, es que hoy en día, es prácticamente imposible no verse afectado por la percepción de los medios. En la televisión, por radio, en Internet, en las redes sociales, incluso en las calles, vemos propaganda que no solo atrae a la mujer, sino que además la cosifica, para atraer al hombre.
Desde nuestra llegada al mundo, se nos inculca a la mayoría de las féminas, y me incluyo, que necesitamos mucho más de lo que algún día lo puede llegar a hacer el género masculino. Todo sea por el buen cuidado, desarrollo y crecimiento, propio de una mujer. En primer lugar, ya sea que desde la etapa pueril se nos carga a las niñas de vestiditos, zapatitos, lacitos, cintitas, etcétera. Entonces, a medida que ha pasado el tiempo, excéntricos modistas y diseñadores han promovido la costumbre de que esto se vaya extendiendo a la complicidad de escoger piezas de vestido entre colores, texturas, diseños, marcas, tamaños, precios, procedencias, para cada estación del año (en otros países), y para cada ocasión. Por otro lado, desde épocas antiguas, remontándonos a Cleopatra, por mencionar una, las mujeres han recurrido al uso de un sinnúmero de recursos para el cuidado corporal. Lociones para la piel, cremas para el cabello, maquillajes, que luego las compañías fueron modificando y proliferando a gusto: para la cara, los ojos, el cuello, los brazos, las manos, las piernas, los pies, para el verano o el invierno. Para uso diurno o nocturno, diferentes edades, diferencia de tez, diferentes texturas de cabello, diferentes fragancias, para cualquier tipo de presupuesto. ¡Los medios en acción!
Estamos conscientes que, desde el inicio, la mujer es quien, generalmente, se ha ocupado de atender el bienestar doméstico de su familia. Un excelente ejemplo son las indígenas taínas que, muy bien sabemos, versátilmente se encargaban de los niños, preparar la alimentación, los quehaceres en el campo y en el hogar. Tareas incesantes, ¿no? Por lo que podrá parecer una bendición la llegada de enseres electrodomésticos como la lavadora, el refrigerador, la estufa, el horno, las licuadora, trituradoras, procesadoras de comida, etcétera. ¿A qué mujer no le gustaría alivianar el duro trabajo del hogar? La que así lo quiera, que lo pague. Es entonces cuando el mercado, de igual forma, diversifica estos instrumentos por materiales de fabricación, complejidad, diseños, colores, precios y muchos más usos. Pero, las grandes empresas no solo han minimizado las tareas de la casa con enseres, sino que hasta los comestibles han logrado manipular. Contamos con alimentos PRE: prelavados, precortados, precocidos, preparados. Así es como, en mi opinión, todo lo antes mencionado pasa de ser un lujo, a ser una ominosa necesidad.
La autoestima de la mujer puede verse trascendentalmente afectada por la publicidad. ¿Por qué sólo se les da promoción a jóvenes delgadas, atractivas, provocativas en los medios? Porque ese modelo cosificado es el que se pretende que la mujer anhele ser y, así, vender. De hecho, tomando como referencia un estudio realizado por la marca Dove, los resultados fueron que la palabra belleza es utilizada casi única y exclusivamente como una definición de “atractivo físico”. Una definición emitida por la publicidad y, peor aún, a su vez, asimilada por la cultura moderna. Es este ideal de belleza el que utilizan muchas mujeres para determinarse a sí mismas. Su ambición por alcanzarlo resulta, en ocasiones, en grandes fiascos ya que el producto deseado puede parecer inasequible. Aquí vemos como consecuencia la obsesión de algunas chicas con las costosas cirugías plásticas, los salones de belleza, enfermedades como la bulimia y la anorexia, entre muchísimas otras cosas. Una apariencia agradable podrá ser parte intrínseca para atraer al sexo masculino e, inclusive, para encajar en el género propio. Sin embargo, se ha promovido erróneamente el consumismo para aprovecharse de esto.
Es evidente que, como seres humanos, debamos consumir productos o servicios en algún punto. No obstante, debemos evitar hacer un hábito de ello. En cuanto a nosotras, no podemos permitir que el mercado nos imponga tener tal o tal cosa para ser denominadas mujeres. Rompamos con el viejo y machista paradigma, como en el fragmento de la escritora, Agnes Cripps: “...Educad una mujer y educaréis una familia”. Sí, eduquémonos, señoritas, pero a no depender del consumismo para definirnos. Aprendamos a ser esa mujer hipermoderna que Gilles Lipovetsky llama “la tercera mujer”. “Una fémina que ha conquistado el poder de disponer de sí misma y que decide sobre su propia vida. Tanto es así que quiere triunfar en todos los aspectos de su vida, tanto en el personal, el familiar como en el profesional...”. Promovamos la naturalidad y la simplicidad de le belleza femenina. Reduzcamos la supremacía y el poderío de la publicidad. No perdamos esa esencia individual y particular que nos hace sentirnos como lo que realmente somos, mujeres grandiosas.
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